29 marzo 2006

INICIACIÓN

Y en la caja de la guitarra llevan
un crótalo seco.
(Folclore tradicional)
Ellas son las yaras de la música
(dicen por el bajo Pujol)

- No, aquí no quiero cantar –decía el Negro mirando con recelo a su alrededor. La fosforescencia lunar envolvía a la barranca y apuñalaba al monte. Todo el río era un mágico espejo en cuya orilla seres y formas difusas reflejaban escenas fantásticas. Esquivos a los disolventes rayos de la luna llena, los peces yacían ocultos en la profundidad. Fracasados compañeros de pesca y hartos de chapotear en la playa, le insistíamos al Negro para que cantase.
Pero él se negaba. Al fin, medio entonado, accedió.
- Pero no se asusten –dijo el negro como alertándonos y comenzó a templar su guitarra, sin dejar de mirar hacia las sombras que venían de entre los árboles.
Y volvió a estremecerse como la primera vez…
- ¿Así que vos querés ser guitarrero? –dijo de entrada la mujer sin que él hubiera abierto la boca.
- Sí – respondió el muchachi, temeroso mas decidido. Realmente quería ser guitarrero, pero no tenía cómo pagarse para aprender y la única solución era ésa: ir al rancho del bajo, un rancho a donde llegó juntando mucho coraje y donde, sin embargo, en cada plenilunio habría de volver.
Una inquisidora mirada recorrió el porte atractivo y esbelto del aspirante a guitarrero y cantor.
- Está bien, venite el jueves por la noche con tu guitarra –concluyó la vieja, luego de haber leído en los ojos pardos toda su ansiedad de diecisiete años.
Así comenzó el Negro su iniciación de guitarrero con la curandera del barrio, allá por el bajo Pujol. Primero fueron los rezos a San La Muerte y a San Juan Bailón, rodeados de velas rojas: el uno le daría la energía de sus huesos y el otro la alegría de su espíritu. Siguió la purificación con el humo del tabaco y del floripón; la aspersión con ramas de ruda y agua bendita extraída del cardo rojo, el caraguatá; las vibrantes gárgaras con el fruto sonoro de las plantas de las víboras, el mbói rembiú, y el frotamiento con las hojas aromáticas del pachulí.
- Esto te librará de tus enemigos –decía la curandera, mientras le frotaba cuello y garganta con sus huesudas y arrugadas manos.
Continuó el novenario con el azote de ortigas sobre sus brazos; el cansancio de sus músculos pisando agua de tormenta recogida en el mortero y aquel miedo al silencio y a la oscuridad del monte cuando debió pulsar, justo a la medianoche, la cuarta cuerda de su guitarra atada al cedro, el alma palabra, el árbol sagrado de los guaraníes. Y así llegó el viernes de luna llena.
Sobre un montículo de piedra repitieron algunos ritos del novenario. Luego le dio a beber un preparado de caña y ruda, banana y mburucuyá.
Después, con una canasta, la mujer se perdió en el monte. Hubo una serie de silbidos y tintineos y enseguida volvió con la canasta tapada.
- Desnudate –le dijo.
Obedeció el muchacho. Y al tenue fulgor del plenilunio resplandeció la armonía del cuerpo adolescente con vetas de cobre, arcilla y miel. Brillaban sus ojos, pero él ya no veía casi nada. Brillaban sus ojos, pero él ya no veía nada. Estaba como en trance, alucinado.
No vio cuán súbitamente la mujer abandonaba su envejecida piel y surgía transformada en bellísima joven; ni cuando ésta volcaba el contenido de la canasta sobre el suelo; ni tampoco percibió la entonación de la cantinela guaraní, a cuyo conjuro las sueltas víboras cascabel comenzaron a acercársele muy lentamente.
Las sintió, sí, frías y viscosas, cuando empezaron a subirse por sus piernas, a enroscarse por sus muslos, por sus brazos, y deslizarse por su cuerpo. Alguna se alzó mirándolo sibilante a la altura de sus ojos sin que él pudiera emitir un solo grito, o mover un solo músculo, aunque sus desorbitadas pupilas revelaban su terror.
Cuando cesó el canto, ellas bajaron perdiéndose en la oscuridad del monte. Fue entonces que la rejuvenecida mujer comenzó a ungirlo definitivamente con sus manos.
Nunca supo el Negro cuánto tiempo más estuvo allí, pero sí que desde aquella noche hubo magia y encantamiento en su guitarra y en su voz…
- Bueno, cantá de una vez – le dijimos al Negro, sacándolo de su breve pero intensa ensoñación. Y nuestro amigo se puso a cantar.
Y era una voz y era un sonido que iban tomando formas y colores, tonalidades nunca escuchadas o emitidas, que parecían corporizarse en las imágenes que evocaba o en los sentimientos que transmitía: tonos bajos, altos o quedos semejaban murmullo de fronda, reclamo de pájaros, susurro de viento; por instantes, la voz adquirida placidez de agua, destello de rayo, desvelo de grillo. Con esa extraña ductilidad, música y canto nos envolvían, atrapaban, seducían. Y así duró casi una hora aquella magia, hasta que al fin voz y sonido fueron durmiéndose sobre las cuerdas de la guitarra y se apagaron. Tan sólo apareció continuar el eco, la vibración de las notas, su repiqueteo, pero, no era el eco, no, era un tintineo cercano, muy próximo, allí. Y fue entonces cuando, llenos de pavor, las vimos erguidas a nuestro lado.
-¡No se muevan! –gritó a media voz el Negro -. No les van a hacer nada. Sólo vinieron a escucharse y ya se va.
Efectivamente, concluido el canto, ellas se alejaron con el vibrante cascabeleo de sus crótalos.


EL REGALO

La amistad del universo

-¡Que ella te ilumine!- le había dicho su amigo, al colgarle del cuello la pequeña estrella de plata.
Esa tarde, pescando en la costa del río, Alberto pensaba que el regalo le había conmovido, porque él realmente amaba a las estrellas.
Muchas noches se entretenía mirando y conversando con sus amigas lejanas. Conocía el lugar de casi todas en el mapa estelar del cielo guaraní. Conocía la rareza de sus nombres: las Siete Cabrillas, las Tres Marías, la Cruz del Sur, los Gemelos, Sirio, Orión, Centauro y muchas otras. Conocía también la variedad de sus colores: unas eran rojas, otras azules o amarillas, muchas de un blancor brillante, o de un matiz verdoso, anaranjado, y carmesí. Las había estudiado en la mitología antigua y en las creencias de los mayas, aztecas y guaraníes. Contaba las estrellas fugaces que caían y les pedía algo, hasta les pidió que alguna vez vinieran a visitarlo.
Él conocía a todas las estrellas de su cielo correntino, o mejor dicho, a casi todas, porque hacía tres noches, precisamente cuando las invitó para su cumpleaños, una nueva estrella brillante había aparecido en el cielo. Una estrella pequeña, plateada, muy brillante, con un titilar que casi parecía una sonrisa.
Desde el instante en que la descubrió, Alberto se quedó deslumbrado. Era una estrella muy hermosa. No tenía la blancura fulgurante de Sirio, el rojo apasionado de Orión o el verde carmesí de Andrómeda. La estrella de su cielo tenía una subyugante coloración azul.
La lata de pescar sonó estrepitosamente y Alberto salió de sus recuerdos. Corrió hacia ella y se detuvo sorprendido. Toda la caña brillaba con una extraña fosforescencia que la envolvía por completo.
El muchacho quedó inmóvil, asombrado ante aquel fenómeno. Pero un nuevo sonar de la lata lo decidió a tomarla. No lo hubiera hecho: una sacudida eléctrica casi lo tumba. Parecía que toda la caña estuviera electrizada.
Quiso arrojarla, pero no pudo, aunque sentía el tironeo de la presa. Entonces comenzó a sacarla. Ahora la luminosidad parecía subir por sus manos, por sus brazos y envolverlo también a él. Sin embargo, ya no tenía miedo. Aquello que antes había sido un sacudimiento eléctrico ahora se había convertido en una cálida sensación de paz. Una placentera serenidad le embargaba cuando seguía recogiendo la liña. ¿Qué había pescado? ¿Un pez eléctrico? ¿Una raya gigante? Un zigzagueo luminoso llegó a la costa. De un tirón sacó la presa y la tiró sobre la arena. Corrió hacia ella y se quedó asombrado. Sobre la playa yacía el pescado, pero no era un pez.
Era un ser pequeño, brillante, extraordinariamente azul. ¡Una estrella! ¡Sí, una luminosa estrella que titilaba permanentemente!
¿Su estrella? Elevó sus ojos hacia el conocido rincón del espacio y ella no estaba. ¡Era la suya, pequeña, hermosa, azul!
Emocionado, se acercó y la tomó suavemente entre sus manos, la puso sobre el pecho y se alejó con ella.
A veces, cuando salimos con Alberto o lo miro sentado en un rincón del aula, veo a mi amigo envuelto por una rara luminosidad azul. ¿Será la estrella que le había regalado?
EL AMBAÍ Y SUS AMIGOS

En el ecosistema guaraní

Esta historia sucedió en los orígenes de los tiempos, cuando Ñamandú, el ser superior de los guaraníes, pobló de árboles la tierra que habitaría su pueblo, junto al curso de los ríos de Paraguay, Brasil y el nordeste argentino.
Así fue como los claros de los bosques cercanos al agua se cubrieron de valiosos árboles: de la mítica palmera pindó; del árbol de la palabra-alma: el cedro; de la rosácea imponencia del lapacho; del áureo resplandor del iryrá pytá; del reluciente vaivén de la tacuara ritual y, entre muchos otros, de un árbol muy buscado por la empalagosa dulzura de sus frutos: el ambaí.
Esta planta arbórea tiene su tronco recto y cilíndrico a dieciocho metros. Su corteza externa gris, casi lisa, tiene como unos anillos en los nudos. Todo su interior es hueco, dividido en innumerables celdillas. La copa del ambaí es muy abierta, con pocas ramas, gruesas y largas. Un largo pecíolo de felpuda corteza sostiene a la hoja palmilobulada, cuya áspera cara superior es verde oscura y la inferior suave y blanquecina. Las hojas, brotes y corteza del ambaí son medicinales para las vías respiratorias.
Los frutos del ambaí se abren a la luz de la luna y cuelgan en espigas, como dedos. Ellos son tan dulces y empalagosos que hacen la delicia de los niños guaraníes: los mitaí, de los monos aulladores o carayá, de los monitos tití, de los azules loritos tuí, de los pájaros, murciélagos, coatíes y demás animalitos del bosque que se alimentan entre sus ramas o al pie del árbol. Todos ellos ingieren el fruto y luego despiden las semillas, diseminando por todas partes la especie del ambaí.
Por todo esto el ambaí es uno de los árboles más queridos de la región guaraní. Sin embargo, hubo un tiempo en que la planta se puso tan triste que Ñamandú le preguntó:
- Ambaí, ¿qué te pasa que andás tan triste?
Y el ambaí le contestó:
- Ñamandú, hay unas hormigas arara-a que no sólo comen mi fruto, sino también cortan mis hojas y dificultan mi alimentación y respiración.
- Eso no es justo – dijo Ñamandú -. Voy a traerte otras hormigas para que te defiendan y te protejan. Pero tendrás que darles alimentación y alojamiento.
- ¡Sí, sí, voy a darles casa y alimentos! ¡Que vengan! ¡Gracias, Ñamandú!
Desde entonces, miles de hormigas coloradas, las aztecas, viven alojadas en el interior del tronco y de las ramas del ambaí, en pequeños compartimentos. Cada rama es como un barrio y todo el árbol parece una ciudad.
Así fueron organizando estas pequeñas hormigas, durante miles de años, su hábitat en el interior del ambaí. Hábitat que las belicosas hormigas defienden con bravura, convirtiéndose en guardianas del árbol. Ninguna hormiga cortadora sube al ambaí, porque es atacada de inmediato. Hasta algunos insectos depredadores son ahuyentados por el ácido olor que despiden las aztecas.
Por otra parte, las hormigas hallan el alimento promedio en unas excrecencias o especies de bolsitas comestibles que el ambaí prepara en la base del pecíolo de sus hojas.
Y aunque por vivir siempre en la oscuridad del tronco las hormigas fueron perdiendo la vista y sólo se guían por sus antenas, cuando deben emigrar por causa de crecientes o porque deben cambiar de residencia, siempre lo hacen a otro joven ambaí.
Este es un claro ejemplo de simbiosis, es decir, de interrelación, de convivencia entre dos seres de la naturaleza, un vegetal y un animal, entre el ambaí y la hormiga azteca. Un verdadero gesto de amistad y solidaridad en el ecosistema del mundo guaraní.
Y esta es la historia de solidaridad que sucedió hace mucho, muchísimo tiempo y aún sigue sucediendo, al menos entre las plantas y los animales.

CUANDO SILBA EL POMBERO
Del “yara” de los pájaros
Comentábamos en clase cómo los indios de América cuidaban el equilibrio de la naturaleza, cazando o recolectando solamente aquello que necesitaban para alimentarse, y cómo en el mundo de los guaraníes, quechuas y mapuches, existían y aún existen los “yaras”, los dueños del monte, de la fauna, de la tierra y del agua, cuando un alumno recordó al “Cuarahí Yara” o dueño del Sol, el Pombero.
- Un duende que tanto adquiere la forma humana cuanto de animales, pájaros o vegetales – añadí-. Puede ser alto o enano, flaco o robusto, pero muy velludo. Él silba, pía, remeda el canto de los pájaros, se mimetiza o torna invisible. Anda con un enorme sombrero de paja con que persigue a los niños cazadores de pájaros que vagan de siesta y también a las jóvenes que pretende. A veces, con un poco de tabaco negro, caña de azúcar o miel silvestre se lo puede convertir en amigo. Hay que hacer un pacto y será un amigo fiel…
- ¿Usted cree en el Pombero? – me interrumpió un alumno mirándome fijamente.
- Hasta ahora nunca lo he visto – respondí -. Quizá alguna vez haya escuchado su silbido en medio del monte, pero hasta ahora nunca lo he visto. Tal vez el único que pueda decirlo sea mi tío Dami, porque a él una vez lo llevó el Pombero.
- ¿Cómo? ¿Cuándo?... ¡Cuente, cuente!... – Y tuve que comenzar el relato.
Fue en Corrientes a comienzo de siglo. Mi abuelo tenía seis hijos varones. Cuando amenazaba el séptimo como Lobizón, apareció mi madre. Era ella quien me contaba siempre lo sucedido.
Una siesta, mi abuelo y sus hijos salieron de pesca hacia la costa del Paraná. EN fila atravesaron los montes y zanjones de Poncho Verde, a la sombra de erguidas palmeras, tupidos tacuarales y florecidos lapachos. Pasaban esquivando las espinas del caraguatá, el cardo rojo del monte. Iban charlando animadamente en guaraní, cuando un estridente silbido los hizo callar. Y se estremecieron, porque el silbido volvió a repetirse: agudo, prolongado, misterioso, como llegando de todas partes.
- ¡Chaque el Pombero! – dijo el abuelo sin detenerse.
Los muchachos alargaron el paso, mirando de reojo hacia la espesura. De nuevo surgió el silbido, insistente, hasta que Dami le contestó.
- ¡Ndé quiriríque! –exclamó el abuelo, que encabezaba la marcha.
Pero Dami, el más travieso de los muchachos, el matador de pájaros, volvió a contestar el silbido.
- Sí, silbale nomás vos, ya vas a ver lo que te va a pasar –sentenció el abuelo.
El silbido no volvió a escucharse. Claro, pensaba Dami, el Pombero es el duende de la siesta que asusta a los chicos y a las guainas. Algunos dicen que también captura a los muchachos. Damián se encogió de hombros y no hizo caso.
Arribaron a la orilla, tiraron las liñadas y al atardecer regresaron con las ristras de pescados ensartados en palos: armados, bogas, bagres y doradillos. Llegaron a la casa, cenaron los pescados a la brasa y se tiraron a dormir. Con el calor que hacía, Dami tomó su catre y se acostó en el patio. Fue hacia la medianoche que el repentino y desesperado aullar de los perros los despertó a todos. Era en el patio. Salieron cuando los perros ya corrían hacia el monte. El catre de Dami estaba vacío y un fuerte olor inundaba el lugar.
- ¡El Pombero! –gritó el abuelo-. ¡Traigan las lámparas! –y la familia entera comenzó a corres tras el ladrido de los perros, hacia la oscuridad del monte. Machete en mano iba mi abuelo cuando lo encontró. Tirado entre los caraguatás, ensangrentado por las espinas, yacía Dami. Lo alzaron y lo llevaron. Mientras tanto, el ladrido de los perros se perdía entre la espesura del monte.
- Por tres meses el muchacho no habló del susto. Cuando lo hizo, contó que esa noche al despertarse con los ladridos, dos fuertes brazos velludos lo alzaron sobre el hombro y su raptor salió corriendo perseguido por los perros. Del susto, del bamboleo y sobre todo por el catingudo olor que lo envolvía, Dami se desmayó y ya no recordaba nada. Tan sólo que ese ser, fuerte, negro, peludo y oloriento quiso llevarlo aquella noche. Claro que nunca más quiso dormir en el patio, ni menos andar hondeando por el monte.
Mis alumnos escucharon el relato y no sé si quedaron o no convencidos. Tal vez luego de un tiempo, quizá mañana, pueda contarles algo más, porque esta tarde, cuando fui de pesca, escuché el silbido y esta vez sí le contesté. Por si acaso, le tengo preparado tabaco negro, caña de azúcar y miel.